
Stromboli, terra di dio (Stromboli, tierra de Dios, 1950), de Roberto Rossellini.
Roberto Rossellini nos regala un film sobre la inadaptación, sobre lo cívico y lo animal, sobre el intento de fe en un amor que no existe, sobre lo estanco, lo inmóvil, lo muerto, y, bien es cierto, también trata sobre otras muchas realidades. No obstante, Stromboli fue una de las puntas de lanza del Neorrealismo italiano, momento cinematográfico donde se vieron reflejadas las desastrosas consecuencias de la segunda posguerra mundial, tanto a nivel económico, como moral.
Rossellini plantea en este film un viaje antropológico en el que se enfrentan dos modos antitéticos de concebir la vida en sociedad: la de la población de Stromboli y, por extensión, la de una buena parte de las gentes arraigadas a las viejas tradiciones, costumbres y prejuicios, y la de una mujer de mundo que se ve confinada en este laberinto que la aísla de las cuestiones cívicas y progresistas, es decir, de su vida. Varias son las ocasiones en que los lugareños se refieren a Stromboli como el lugar al que vuelven para morirse, como un cementerio perdido en el medio del Mediterráneo.
El parangón entre el hurón que mata al conejo y los marineros que cazan atunes dibuja a un hombre que no ha prosperado y que tiene que manchar sus manos con sangre para poder llevarse un poco de comida a la boca.
El punto de vista del personaje interpretado por Ingrid Bergman, compartido con el del público, resulta poco claro viniendo de Rossellini, ya que se trató de un cineasta con numerosas carencias en cuanto a posicionamiento político y social, con ideales totalmente contrapuestos, aunque con cierta tendencia conservadora.
En definitiva, Tierra de Dios refleja una tierra hecha para los hombres, un lugar donde el cambio es necesario, pero casi imposible, un lugar vigilado y manipulado al antojo de una fuerza mayor: un volcán, que tampoco puede hacer mucho para remover estas aguas estancadas de una isla perdida en medio del mar.


















