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Tierra de Dios

jueves 13 de Noviembre de 2008 a las 01:51 1 comentario

Stromboli, terra di dio  (Stromboli, tierra de Dios, 1950), de Roberto Rossellini.

Roberto Rossellini nos regala un film sobre la inadaptación, sobre lo cívico y lo animal, sobre el intento de fe en un amor que no existe, sobre lo estanco, lo inmóvil, lo muerto, y, bien es cierto, también trata sobre otras muchas realidades. No obstante, Stromboli fue una de las puntas de lanza del Neorrealismo italiano, momento cinematográfico donde se vieron reflejadas las desastrosas consecuencias de la segunda posguerra mundial, tanto a nivel económico, como moral.

Rossellini plantea en este film un viaje antropológico en el que se enfrentan dos modos antitéticos de concebir la vida en sociedad: la de la población de Stromboli y, por extensión, la de una buena parte de las gentes arraigadas a las viejas tradiciones, costumbres y prejuicios, y la de una mujer de mundo que se ve confinada en este laberinto que la aísla de las cuestiones cívicas y progresistas, es decir, de su vida. Varias son las ocasiones en que los lugareños se refieren a Stromboli como el lugar al que vuelven para morirse, como un cementerio perdido en el medio del Mediterráneo.

El parangón entre el hurón que mata al conejo y los marineros que cazan atunes dibuja a un hombre que no ha prosperado y que tiene que manchar sus manos con sangre para poder llevarse un poco de comida a la boca.

El punto de vista del personaje interpretado por Ingrid Bergman, compartido con el del público, resulta poco claro viniendo de Rossellini, ya que se trató de un cineasta con numerosas carencias en cuanto a posicionamiento político y social, con ideales totalmente contrapuestos, aunque con cierta tendencia conservadora.

En definitiva, Tierra de Dios refleja una tierra hecha para los hombres, un lugar donde el cambio es necesario, pero casi imposible, un lugar vigilado y manipulado al antojo de una fuerza mayor: un volcán, que tampoco puede hacer mucho para remover estas aguas estancadas de una isla perdida en medio del mar.

Fantasía pasajera

domingo 9 de Noviembre de 2008 a las 00:03 No hay comentarios


The Fall  (The Fall: El sueño de Alexandra, 2006), de Tarsem Singh.

Si hacemos una incisión entre los fabricantes y el producto, podemos comprobar que The Fall se trata de un viaje no sólo en la forma y en el fondo, sino que también lo es en cuanto a viaje a través del mundo real y  del mundo de los sueños.

Los fabricantes, los hacedores de la obra, han viajado por un imaginario fílmico que mezcla los gustos, las obsesiones y las debilidades de todos ellos en un rodaje que duró cuatro años y en el que visitaron veintiocho países. Los productores, David Fincher (Seven, Fight Club, Zodiac) y Spike Jonze (Being John Malkovich, Adaptation) tienen como lugar común en sus respectivas obras un cierto estilismo en la imagen, una búsqueda del preciosismo que, según la coherencia interna de sus obras, puede ser oscuro o brillante. El director, Tarsem Singh, que antes había realizado campañas de publicidad y videoclips, además del anodino largometraje The Cell (2000), en esta ocasión crea un mundo donde la forma supera con creces al fondo, aunque en buena parte del viaje parezcan ir de la mano. Sin duda, quien se ha lucido en esta obra que ha sido el director de fotografía Colin Watkinson, que había trabajado en los efectos visuales de Cité des enfants perdus (Marc Caro y Jean-Pierre Jeunet, 1995), ya que el peso de la historia recae sobre el estilo visual, tan impresionante para los sentidos, donde se inventa un modo de ver completamente diferente dependiendo de los espacios que entran en escena.

Sin embargo, la historia de una niña que está ingresada en un hospital y que fantasea con los cuentos que le brinda otro enfermo tiene más carencias que aciertos, puesto que la acción en determinados momentos no avanza y cuando lo hace no se sabe cuál es su dirección. La mezcla de lo real y lo fantasioso, más que magia cinematográfica, se convierte en embrollo de escaleta.

En definitiva, este remake de la película búlgara Yo Ho Ho (1981, de Zako Heskija), debido a su excelente presencia, cautivará las retinas de los espectadores. Ahora queda por saber si será capaz de quedar latente en su recuerdo. La fantasía sin emoción se convierte en fantasía pasajera.

Humor inteligente plagado de estúpidos

martes 4 de Noviembre de 2008 a las 23:41 No hay comentarios

 

 

Burn after reading (Quemar después de leer, 2008), de Joel y Ethan Coen.

Los hermanos Coen vuelven a realizar una comedia que provoca la risa. Intolerable cruelty (2003) y Ladykillers (2004) suponen tan sólo un pequeño paréntesis donde las musas prefirieron irse de vacaciones.

El gran acierto de este film es que las pretensiones nunca han sido muy altas y se podrían situar en el marco del puro esparcimiento, pretensiones que no sólo cumple, sino que también las sobrepasa. Los Coen han vuelto la vista atrás, han recobrado las situaciones absurdas de Arizona baby (1987), han revisado la estructura, los diálogos y las azarosas coincidencias de Fargo (1995), han recuperado el espíritu olvidado en The big Lewoski (1998), y todo ello mezclado con el plus de enmarcarlo en una historia donde en teoría no hay cabida para demasiados personajes estúpidos, pero la plaga es total y dota al film de una verosimilitud sujeta con pinzas: ahí reside el placer de la carcajada absurda.

Una de las grandes bazas de este trabajo gira en torno al reparto, donde actores de renombre como George ClooneyFrances McDormandJohn Malkovich -genial- o  Tilda Swinton sacan lo mejor de sí para mostrar su perfil menos inteligente. Brad Pitt merece una mención aparte, ya que no abandona del todo al tonto que interpreta en otros films y, en esta ocasión, incluso se excede. Si alguien borda su papel, alguien del que no se ha hablado, ese es J.K. Simmons dando vida a un superior de la CIA. Muchos actores pagarían por sus frases, por sus silencios y por su cara.

La única pega que habría que ponerle al guión es que no se exprima más el humor que baña las conversaciones en el interior de las oficinas de la CIA, porque resultan realmente de lo mejorcito que se ha escrito este año.

En definitiva, los hermanos Coen nos vuelven a demostrar su solvencia a la hora de ejecutar obras cinematográficas redondas, sean comedias —Burn after reading— o thrillers —No country for old men, 2007—, bajo un claro estilo personal que los lleva a ser ya un referente dentro de la cinematografía internacional.

La oscuridad nunca estuvo tan iluminada

lunes 3 de Noviembre de 2008 a las 18:36 No hay comentarios


Camino (2008), de Javier Fesser
   
Olvídese de lo que haya podido escuchar acerca de Camino y vaya al cine a ver la película. No se encontrará ni con un trabajito panfletario ni con una obra maestra, pero sí con una historia de la que poder enamorarse. Como todo amante, en las pequeñas imperfecciones tiene sus virtudes: no existen héroes de capa y espada, ni obstáculos contra el Antagonista, ni mucho menos justicia poética, no es necesario. Nunca fue tan poco importante el inicio, el nudo y el desenlace, no se trata de una historia en la que el viaje o el proceso sea lo principal, sino que la piedra angular radica en la presentación de una situación horizontal injusta y cómo la historia se encarga de poner a cada elemento, a cada personaje, a cada idea, no en su lugar, sino en lugares específicos de la mente del espectador.


La fábula dibuja uno de los personajes más puros, tiernos y bondadosos que se hayan visto a través del haz de luz cinematográfico, la belleza encarnada en una niña que encandila al espectador y que tiene como principal valuarte la generosidad. Nadie puede proyectarse en ella, es ella quien personifica a las personas que más queremos y por eso sufrimos a su lado.


Camino supone un punto blanco perdido en medio de un mar de moscas negras. No existe Antagonista más peligroso que el que nunca ve elevarse un obstáculo ante sí, por eso al inicio es igual de fuerte que al final, excepto para el público. Se trata de un film que pone en juego los ideales, la fe y las bases de toda creencia espiritual, por lo que se nos está hablando de ideas y el gran acierto de esta obra es la inexistencia de dificultades para el Antagonista, incluso la inexistencia de contraideas. Dejar que el enemigo se derrumbe por su propio peso, la inacción en defensa, nunca fue algo tan cinematográfico.


El nuevo rumbo de Fesser es digno de admirar en una cinematografía plagada de tantos tópicos como la española. La honestidad y la sinceridad a la hora de contar una historia no quitan que también se pueda echar mano de la fantasía y la imaginación. Inocente y pura, Camino enamora como el primer amor.