
Las tres y nueve de la madrugada. Ocho grados centígrados. Ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. Tren novecientos veintidós, coche dos. Barcelona – A Coruña. A la altura de algún punto del norte de España, quizá entre Zaragoza y Burgos, que es una larga y oscura eternidad.
La última vez que volé a gatas sobre estas vías, el vagón era románticamente verde, mis brazos algas que nadaban en el fondo del mar y el motivo una despedida para siempre, ahora, esta lenta y confortable nave espacial es un vehículo sin memoria, sin recuerdos, que se desliza por las viejas vías, mis brazos albergues en busca y el motivo el calor de los soportales bajo la lluvia fría de primavera. La boca seca en busca.
Un lince exploraba los bajos del tren, un gato enorme, los ojos muriéndose de hambre. Burgos.
Acabo de ver Old Boy (2003) de Park Chan-wook. Diecisiete pulgadas panorámicas de cinematografía oriental, de insaciable dramaturgia manipuladora y yo, manipulado, conscientemente manipulado, insaciablemente manipulado de trampas y cartones. Old Boy se desliza sobre vías maestras de gramática y estilo cinematográfico, pero se arrastra sobre engañifas en caras iluminadas.
El viaje de vuelta... más largo, seguro…












