
(Pintura: Javier Varela Guillot)
Fue como una aparición.
Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie más, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla.
Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con contas rosa que palpitaban al viento, detrás de ella. Sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara. Su vestido de muselina clara, de pequeños lunares, se abría en numerosos pliegues. Estaba bordando algo, y su nariz recta, su barbilla, toda su persona destacaba sobre el fondo del cielo azul.
Como ella seguía en la misma actitud, Frédéric dio varias vueltas a derecha y a izquierda para disimular su maniobra; después se paró muy cerca de su sombrilla, apoyada en el banco, y fingía observar una chalupa en el río.
Nunca él había visto esplendor semejante al de su tez morena, ni talle tan seductor, ni finura como la de aquellos dedos que la luz atravesaba. Contemplaba su cesto de costura, embelesado como una cosa extraordinaria. ¿Cuáles eran su nombre, su casa, su vida, su pasado? Deseaba conocer los muebles de su habitación, todos los vestidos que había llevado, la gente que frecuentaba; y el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo otro más profundo, en una ansiedad dolorosa que no tenía límites.
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La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert, Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2005, pp. 64-65.
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Sincero.
Quisiera ser sincero, hoy más que nunca, alejarme de todo fingimiento, de toda apariencia, incluso del largo silencio sincero. Cuesta enfrentarse con uno mismo, contienda de razones y argumentos, complejidad que deviene en absoluta simpleza, en esa ansiedad dolorosa que no tiene límites.
La sinceridad se hace notar. Cuando uno se sincera, todo resulta más claro, las palabras brotan directamente desde el corazón, sin aduana que medie. En cambio, a mí me van las ramas, la genealogía de la conversación, el origen y los precedentes de lo que digo, que a veces sólo llega a ser lo que me gustaría haber dicho y no dije o no supe decirlo. Hace unos días hablaba sobre la escapada, sobre cómo Jean-Luc Godard también escapaba a su modo, no yendo directo al corazón, pero, aún así, llegando el primero. Mi escapada por el mundo, ese vagar perdido buscando el camino o cualquier camino que me lleve, es a mi corazón, lo que mi divagar es a mi sinceridad: no un quiero y no quiero, sino un quiero y no puedo. Enfrentarse con uno mismo...
Y he dedicado tiempo al regreso, pero al regreso silencioso, lento y solitario. Y quizá el regreso no sea la vuelta a casa, sino la vuelta a uno mismo. Sin embargo, hay que reeducarse, volver a aprender a llamar a la puerta para que no nos abra un desconocido, ni siquiera una sombra de lo que fuimos, sino encontrarnos con nuestra imagen, mirarnos a los ojos verdes y decirnos: ¡Carallo, aquí estabas! Y he dedicado tiempo al regreso...
Disfrazando el pasado. El recuerdo se presenta sin adorno, virginal. En las manos de nuestra experiencia está el saber modelar el significado de esas sensaciones, cuanto mayor sea el manoseo, menor será la pureza.
Caminante... Levantando la vista y bajando unas escaleras, cualesquiera, las de la Plaza de la Quintana, ..., observando, de nuevo volvió aquella sensación de pies fríos... su origen nace en la elección: algodón, no lana.
Más que literatura barata, la mía es literatura que no vale un pijo, gratuita y sin receptor.
¿Dónde estás?