
Y desde el principio de mi adicción a la máquina de contar historias, las secuencias favoritas eran aquellas que en el guión iban señaladas como exterior noche. O sea: las que generalmente ni eran exterior ni mucho menos noche. El colmo del fingimiento, el supremo artificio, el gran simulacro, la mayor patraña narrativa.

Esas noches azuladas por los filtros, oscurecidas por el diafragma, maquilladas por el arte de la electricidad, estrelladas o atormentadas por la tecnología de los efectos especiales. Suaves noches simuladas por donde todavía pasean el eterno poblado fronterizo de los sheriffs platónicos de Howard Hawks agarrados al Winchester 73, se besan con pasión vieja las pulcras parejas de Minelli, cojea Walter Brenan apoyado en una botella de whisky infame, cabalgan los hermanos James, acechan Cochisse y Toro Sentado, fisha E.T. las luces de la utópica ciudad de Spielberg, hace el amor por vez primera Natalie Wood junto a una cascada de provincias, King Kong desnuda con morbo darwiniano a Jessica Lange, escruta Trazan los sonidos de la selva, se agazapa el tercer hombre, divagan los adúlteros de Truffaut y se deslizan con elegancia inédita las hermosas naves espaciales salidas de las factorías Lucas & Cía.
Exterior Noche (1983), Juan Cueto, EDICIONES JÚCAR, 9.




















